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V Congreso Mundial por los Derechos de la Infancia y la Adolescencia

05/06/2012

V CONGRESO MUNDIAL POR LOS DERECHOS DE LA INFANCIA Y DE LA ADOLESCENCIA 

 

La infancia o cómo se comienza a comenzar

Para esa niña, que en su acto más apropiado se ríe de mí. Porque para los niños, niñas y adolescentes, los adultos somos como un sindicato de aburridos”.

Eduardo Bustelo Graffigna 

El tema de los comienzos es muy relevante y George Steiner ha afirmado en un libro inspirador que dramáticamente se están acabando los comienzos

“Hay un “cansancio” del comienzo como nacimiento de nuevas narraciones. Esto no es “natural” sino formas justificatorias de producción de estabilidad. Esto está muy relacionado con la infancia puesto que ella significa principalmente comienzo e inicio. Pero comenzar y comenzar desde el comienzo son cosas bien distintas. Cuando comenzamos a narrar nuestra historia, cuando repasamos nuestra infancia, no lo hacemos desde el principio: nos remitimos a una foto, a un recuerdo, a una circunstancia, a un cuento que nos informa cómo éramos, pero hay algo latente que precede todo esto”.

Si el infante es por definición el que no habla, el que no tiene palabra, hay algo anterior al lenguaje que está presente. La narración en torno a la infancia es una narración que no es “real” ya que existe algo fuera del lenguaje y previo al lenguaje. Es un estado pre lingüístico y la infancia es en este sentido in-narrable. Pero aún fuera del lenguaje hay una vida latente que contiene ya en sí una estructura de conexión expresiva que se comprende a sí misma. En esa instancia la vida es una dimensión hermenéutica. Y en realidad, la infancia lo es. 

La actitud primaria del infante es que quiere comenzar a hablar. Su inquietud predominantemente es interrogativa. La pregunta aquí es: ¿por qué el adulto no quiere comenzar a hablar y transitar nuevas experiencias no contadas o no decidas; porqué no arriesga a seguir aprendiendo a hablar; porqué no acepta a exponerse a nuevos lenguajes en fin; porqué no quiere seguir siendo niño/a? 

Al entrar al lenguaje se entra a una gramática y lo que es más limitante a una sintaxis, entonces en vez de comenzar se es comenzado como bien explica Peter Sloterdijk en un texto inspirador:

“Despertar es salirse del dormir. Por lo tanto en el inicio, avanzar en la libertad es avanzar contra lo ya comenzado. Esto es muy problemático puesto que no somos los actores de nuestro propio comienzo pero tampoco pura pasividad. La infancia es como una fuerte y constante tensión entre el comienzo y lo ya comenzado cuyos límites son frecuentemente muy borrosos”.

Lo que si podemos afirmar es que la infancia no es una repetición y que nuestra única posibilidad para ensanchar la libertad es no comenzar nunca si todo consistiese en adaptarse. La infancia no es un cautiverio de lo que ya está definido. Si ello es así, un cambio presupone un principio constitutivo básico: el comienzo debe hacerse para garantizar el comienzo contra el ser ya comenzado. Esto presupone un liberarse del pasado como determinación despótica. Ese pasado no es una obligación que debe indefectiblemente ser trasmitida y garantizada hacia el futuro. Esta visión mecanicista implicaría una historia encerrada en sí misma, que mira obcecadamente hacia atrás y que por tanto, aboliría la libertad.

El lenguaje se sobrepone a un silencio que le es anterior. Ese silencio más que ausencia es no palabra. Cuando arriba el lenguaje, la infancia debe empezar a sobreponerse a las cosas, a las personas, al otro, a la historia que la precede. Los niños/as empiezan a entender los significados y despliegan el vocabulario. Así el lenguaje es como un desgarramiento que separa la infancia del comienzo. La infancia es un estado anterior al lenguaje, un estado sin límites, pleno de posibilidades; es el mundo de la libertad. Es lo que está afuera de la experiencia y por lo tanto la posibilidad de nuevas experiencias. Desde el comienzo, va apareciendo en los niños/as la voluntad como órgano que inhibe la repetición. Por eso la infancia es rebeldía y contestación y la adultez, principalmente su negación. El adultocentrismo se basa en la imposición de “el” orden como órdenes. Como adultos, vivimos convocando a los niños/as a no hacer. Sin embargo, la infancia implica una potencia, una generación, una fuerza en despliegue, un alumbramiento. Sin esta posibilidad, el hombre tendría que sucumbir y renunciar a construir su propia historicidad.

El ejercicio vital no es el recuerdo o el eterno regreso a ideas innatas o adquiridas sino de retrotraerse a un estado inicial de irreflexión profunda. En contra de la preocupación maniática por “la” verdad, Sócrates afirma que sólo sabe que no sabe nada. La infancia es un “no saber” y por lo tanto, potencial de conocimiento. Es por esta razón que se puede asistir al parto de las nuevas ideas. Al ingresar al lenguaje la infancia entra al tiempo. Pero el tiempo es creación: si no hay algo nuevo, generado, creado, el tiempo es vacío esto es, su negación como “no tiempo”. En este sentido, no hay tiempo sin infancia.

El nacimiento es desligamiento. Es parto y desgarramiento. Es salir de la caverna pero no para entrar en otra caverna. Los adultos son especialistas en construir cavernas, en máquinas e instituciones de encierro, en desarrollar argumentos para someter. El desligarse implica un corte, un quiebre, una discontinuidad. Uno puede ser de este mundo sin caer en la repetición. La infancia como “otro” comienzo es un proyectil contra el statu quo, contra el mundo ya constituido. Es una tensión permanente entre lo instituyente y lo instituido. Es válido citar aquí a Castoriadis: “es la unión y la tensión de la sociedad instituyente y de la sociedad instituida, de la historia hecha y de la historia que se hace”. La infancia es como una fuerza vital que se des-prende y genera juegos multiformes. Son juegos infantiles cuyo carácter “infantil” remite a un estado de cuestionamiento de un mundo que quiere presentarse como “ya escrito”. Por eso, fuera de la infancia mora el “fin de la historia” o en otras palabras, quien postula el fin de la historia plantea la ausencia definitiva de niños y niñas. Porque no pueden encontrar la infancia y su emergencia regeneradora entonces, renuncian a la misma.

El parto es un desligamiento del niño con la madre. Afirmé que es un desprendimiento. Hay una separación que se hace definitiva. Comienza la vida nueva. Esa vida es una promesa. En el niño hay un apego inicial a lo abierto, a lo imprevisible, a lo incierto. Por eso el niño/a abre los ojos. El “abrir” los ojos es lo que se antepone a la ceguera. El abrir los ojos inaugura la interrogación y la curiosidad. En esta instancia, el principal apego es a la libertad que implica un caminar afuera del natalicio.

Por supuesto, comenzar significa comenzar con uno mismo. Es comenzarse. Es por tanto una iniciativa de interpretación y producción del mundo. Es un autoarranque inicial pero que implica un ingreso a lo otro, a los otros. Ahora ese autoimpulso no es un proceso sin mundo sino una convocatoria como llamada del otro.

El comenzar está también positivamente asociado a la indignación pues este es el órgano de la libertad. Hay algo de cierto en esto pues la indignación es la base que genera la rebeldía. ¿Podría entenderse la infancia sin una sublevación cuestionadora del orden adulto? Afirmé: comenzar significa apartarse del poder de lo ya sido. Esto es crucial y muy significativo pues la infancia es emancipación.

La infancia es la posibilidad de “otro comienzo”. Esto es, poder ser de otro modo. De otro modo, significa otro modo de ser en el mundo. No es un proceso de individuación sino un proceso de ingreso a la otredad. La principal acechanza de la infancia como categoría social es borrarla de la sociedad y reducirla a la singularidad. Es la autodestrucción por la “autorrealización” individual. Desarrollar una subjetividad huérfana sin contenidos, reducida al yo, a una biografía.

El niño/a “moderno” es héroe de sí mismo lo que implicaría un despliegue asegurado hacia el éxito. Es el niño/a neo-liberal, sujeto de sí mismo y teoría del perpetuo egoísmo. El yo soberano de todos los atributos sin ningún “afuera” del yo; el yo sujeto de todos los verbos. Hay como una apropiación constante de lo exterior y su reducción a la mismidad: al yo mismo. Una realidad externa o el “otro” como persona que sólo son presentados como “oportunidades” para el despliegue del yo. En esta óptica, fuera de lo que no es “mi” proyecto queda sólo el resto y en esto, no hay trabajo más importante que aliviarse de los demás. Lo central aquí es pensar un inicio como proyecto de individuación que niega la significación de un comienzo transformador pensado como desligamiento de lo ya sido. Este sería el mandato: ocúpate sólo de ti mismo. Y nos tomamos en serio lo que precisamente no es tan serio: un proyecto individual carente de otredad. Fuera de mi proyecto personal hay que “aliviarse”. La levedad del ser cuya propuesta central es la flotación: una infancia como entretenimiento y cuyo principal programa es la distracción.

La cultura contemporánea plantea un mundo “leve”, liviano, con lo privado como domicilio y los escenarios y montajes de “un” mundo espectacularizado como simulacro para niños/as y adolescentes. Tal vez, para resarcirnos de la perdida de la protección del ceno materno buscamos sucedáneos en la amistad como mandato, en la familia y en los grupos para compartir experiencias. En “autoayuda” para poder sostenerse ante el fracaso de proyectos personales y de la enemistad del mundo. Una “autoayuda” soberbia que paradojalmente pretende en su debilidad, no solicitar ayuda. Y en esa “autoayuda” buscamos la seguridad definitiva de un mundo asegurador que no existe: un mundo como si fuese una enorme compañía de seguros. En la cultura “comercial” de nuestros días, la infancia frecuentemente es una invitación a la estafa: mercancía para la celebración de los “días” del niño/a; la sociedad civil compuesta por una ciudadanía festejadora y simultáneamente, perseguidora y encerradora de niños/as; el “programismo” social focalizado en niños/as y adolescentes. Una infancia sin cambio social y que termina “tematizada” en la variedad de problemas que la aquejan o en el personaje central de lo que Banfield  llamaba el “familismo amoral”. Hay una renuncia a la natividad como construcción de otro comienzo. Se trabaja para finalizar la infancia y no para comenzar. Y al renunciar a su natalidad, al no regresar a la infancia, el hombre pierde su libertad.

La infancia es el proceso de liberación de las pertenencias “naturales”, esas cajas clasificatorias que se han construido para “contenerla”, para disciplinarla, para dominarla. La infancia como promesa natalicia es por el contrario, la mayor invocación para cambiar el mundo. La infancia desbrutaliza y des-arma el mundo. Por lo tanto, sin cambio social la infancia pierde su sentido de promesa, de alumbramiento de lo nuevo.

Fue Kant quien planteó que la infancia es un estado de inmadurez que hay que abandonar. La infancia es una incapacidad que imposibilita la “razón” moderna. Este es el sustrato de una infancia sin sentido en sí y que su única posibilidad es evolucionar hacia la adultez. La adultez como el estado de corrección final y lo “infantil” como insulto, como adjetivación del ridículo. Una infancia cuyo lenguaje es el payaso: una mimetización y una burla.

Este razonamiento corre en paralelo con la relación humano/inhumano: el niño sería lo inhumano como anterior a lo humano puesto que es anterior al lenguaje. De acuerdo al “saber” adultocéntrico, cuando la infancia es abolida o abandonada allí aparecería lo humano. Gracias al lenguaje, el hombre adquiere como una segunda naturaleza que lo hace apto para vivir una vida “en común”. Pero tal vez la humanidad consistiría en su inverso. Jean-Francois Lyotard lo plantea correctamente: “privado de habla, incapaz de mantenerse erguido, vacilante sobre los objetos de su interés, inepto para el cálculo de sus beneficios, insensible a la razón común, el niño es eminentemente lo humano porque su desamparo anuncia y promete los posibles. Su retraso inicial con respecto a la humanidad, que hace de él el rehén de la comunidad adulta, es también lo que manifiesta a esta última la falta de humanidad de la que padece y lo que la llama a ser más humana”

Por lo tanto, si hay algo que esta cuestionado y que sólo podríamos sostener con arrogancia es precisamente la humanidad de los adultos en la cultura presente. Porque casualmente es en la adultez en donde lo humano y lo feroz frecuentemente coinciden. Entonces la tarea no sería el abandono de la infancia sino el retorno a la misma, esto es, a la indeterminación inicial del hombre de la que nació y continúa naciendo. Allí está la libertad, allí esta lo posible.

Siguiendo estos argumentos, se puede afirmar que la política asociada a lo inhumano, a la muerte debe ser cambiada por una política centrada en el nacimiento. El miedo a la muerte produce una política conservadora y por ende, la negación de la política que es una práctica transformadora. En el acontecimiento del nacimiento, la política halla su impulso originario transformador ya que implica la alegría que supone “otro” comienzo. A diferencia de “la” creación del mundo hecho por un sólo creador una única vez, el nacimiento es el inicio que se repite infinitas veces exponiendo líneas de vida siempre distintas. Los nacimientos implican discontinuidad. Por lo tanto, correspondería cambiar la política como práctica repetitiva o ritual para pensarla como una herramienta natal para cambiar el mundo.

El nacimiento no es una instancia de la vida; el nacimiento es un fenómeno que significa que vivir es perpetuar continuamente el nacimiento. Por eso la infancia es un modo de estar en el mundo. La infancia como nacimiento, como retorno al inicio para comenzar “otro comienzo” significa ni más ni menos que el cambio es concomitante a ella y que por lo tanto, infantilizar el mundo es cambiar el mundo.

“Infantilizar” el mundo es retornar a la experiencia originaria del advenimiento a la vida. Equivale a la narración de Peter Pan: la idea de un niño que no quiere ser adulto permaneciendo en su niñez. Habitar la infancia es también la recuperación de la competencia de imaginar nuevos mundos.

Como conclusión: afirmo que desde un punto de vista estratégico, la infancia como “otro” comienzo es la cuestión “mayor” y crucial a resolver para un proyecto abierto al futuro que comience por anunciar la libertad desde el nacimiento, el principio y la iniciación de la vida. En este alumbramiento, la primera señal es que la vida representa una ruptura y también la posibilidad de una discontinuidad radical con lo existente. Si esta significación de la infancia puede ser sostenida políticamente, ello implica pensar en la infancia en su potencial emancipador.

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