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La mirada infantil

23/04/2014

La Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) realizó en 2013 una creativa campaña publicitaria para concienciar sobre la realidad del maltrato infantil. Un panel publicitario que ofrece 2 perspectivas diferentes: una para los niños de hasta 10 años (que suelen medir menos de 1.35 metros) y otra para los adultos. Los niños ven la cara de un niño con lesiones y una frase que explica que hacer en caso de haber sufrido malos tratos junto con un número de teléfono para que puedan denunciar. Por otro lado los adultos sólo ven la cara de un niño y un texto que denuncia el maltrato al menor. De esta forma el niño recibe la información que necesita sin que su agresor se entere.

Una forma inteligente de realizar discriminación positiva en un ámbito como la publicidad que raras veces la contempla.

Una campaña que visibiliza, mediante la metáfora de la mirada, la desigual distribución del poder entre los grupos de población y, en este caso específico, la subalternidad social y política de los niños. Los niños y niñas suelen tener que dirigir su mirada hacia arriba para percibirlo. Y también para comunicarse y mirar a los ojos a quienes rigen su destino. Para pedir algo, para pedir perdón.

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Enhorabuena a la Fundación ANAR y a los creativos de esta campaña.  Quien quiera saber sobre la realidad de la infancia tendrá que agacharse.

En el reconocimiento sobre lo medular que resulta en la defensa de los derechos de la infancia valorar la perspectiva propia de los niños y en línea con nuestra anterior entrada literaria, terminamos con dos fragmentitos literarios ligados a la mirada infantil.

Ojos nacientes: luces en una doble esfera.
Todo radiaba en torno como un solar de espejos.
Vivificar las cosas para la primavera
poder fue de unos ojos que nunca han sido viejos.

Miguel Hernández

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Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos.
Y fue tanta la inmensidad del mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando al fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió al padre: “¡Ayúdame a mirar!”

Eduardo Galeano

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